Zazen.

En zazen nos sentamos en un cojín, con las piernas cruzadas y la espalda vertical. El cuerpo se convierte en el nexo de unión entre el cielo, que empujamos con la cabeza, y la tierra que empujamos con las rodillas. Así relajamos las tensiones acumuladas en nuestro cuerpo por un ego que, sin la certeza de existir realmente, hace siempre demasiado para parecerlo.
¿Cuantas veces al día tensamos los hombros cuando nos sentimos heridos?.¿Cuantas veces no podemos inspirar profundamente porque, perdidos en nuestros pensamientos, nos olvidamos de expirar?.¿Cuantas veces nos duele la espalda cuando cargamos con todos los requerimientos a los que nos obligamos a responder para merecer el derecho de existir, espigando de paso algo de reconocimiento y un poco de amor?
Concentrarse en la postura de zazen es una forma bastante sencilla de dejar que se deshagan los nudos con los que nos atamos a nosotros mismos. Deshacerse de las ataduras es uno de los significados que tiene la palabra Budha: liberado.
En zazen pensamos con todo el cuerpo y no solo con el córtex cerebral: penetramos el aquí y ahora de nuestra existencia y es como volver a casa y sentarse en paz. Ya no hay necesidad de correr aquí o allá a la búsqueda de un eterno más allá.
Con este cuerpo limitado somos uno con el universo, como la gota de rocío que refleja el claro de luna, más allá de las nociones de pequeño o grande, de próximo o lejano.
Sin cerrar los ojos, no nos fijamos en nada en particular y la mirada se vuelve amplia, así como la mente que no se estanca en ningún pensamiento. Abarcando todo lo que aparece en nuestra práctica, todo se convierte en zazen y nada nos molesta.
Lejos de pretender huir del mundo, nos damos cuenta de que existimos en interdependencia con todos los fenómenos. Sin utilizar las gafas del color de nuestras opiniones y prejuicios, volvemos a una mirada clara que acoge la realidad sin pretender reducirla a lo ya conocido, respetando el profundo misterio de la vida y el carácter finalmente inasible de todos los seres.
Sentados en silencio, el dialogo interno se apacigua y la conciencia se abre más allá de cada palabra.
Concentrados en la postura de las manos, que no agarran nada, las maquinaciones mentales se detienen. Nos damos cuenta de que, sin coger ni rechazar nada, uno es verdaderamente libre.
Inspirar y expirar profundamente vuelve a traer la atención al momento presente de la vida real, en contacto con el entorno. Lo que nos ayuda a dejar pasar los pensamientos y a recobrar una mente fluída, que en nada se estanca, disponible para el nuevo instante. En lugar de estar encadenada por los pensamientos que se enganchan unos a otros, encontramos momentos libres de todo pensamiento a partir de los que un pensamiento nuevo, creativo, puede surgir de la vacuidad. La conciencia se vuelve como la superficie de un lago cuando se han calmado las olas: refleja todo el cielo y es transparente hasta el fondo.
Esta forma de pensar con el cuerpo y la respiración, sin apegarse a los pensamientos, la volvemos a encontrar en diferentes momentos del día. En nuestras vidas, repletas de preocupaciones, se abre un espacio de libertad. Con la práctica habitual de zazen, esto se realiza más allá de todo esfuerzo. Pero también podemos dedicar diferentes momentos del día para recordarnos la concentración a través de la atención puesta en la respiración.

Extraido de:
"Zen o el despertar en la vida diaria" - Roland Yuno Rech.

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